Pastora Sonrie

El perdón es un bálsamo de sanación: Pastora Mira García

Entrevista y texto por: Alejandra Duque G.
Fotografía por: Andrés Salazar

Fui desplazada de San Carlos, Antioquia, a finales del 98. Soy madre, abuela y líder comunitaria. Por solidaridad empecé a trabajar con las víctimas al ver que todos tuvimos que salir de huida sin deber nada, pero luego, cuando el conflicto empezó a tocar las goteras de mi casa tan abruptamente con el secuestro y la desaparición de mi hija, nos unimos varias personas que estaban en la misma situación para hacerle eco a nuestros derechos.

Por esta razón lidero el Centro de Acercamiento para la Reconciliación y la Reparación (CARE) en San Carlos: es mi proyecto de vida como víctima en busca de un bien colectivo. El CARE fue creado por un Acuerdo Municipal en el año 2005 con el fin de generar espacios de encuentro donde las víctimas son escuchadas y acompañadas, para exteriorizar su dolor y convertirlo en propuesta.

Todo nació cuando perdí a mi hija Sandra Paola en el año 2001. Ella fue secuestrada por los paramilitares con el fin de hacerla parte de su grupo; en contra de todo intenté que la liberaran pero cinco meses después la asesinaron y desaparecieron su cuerpo. Desde ese momento comencé a buscarla armada de machete y pala con las indicaciones de unos desmovilizados, lo que me permitió ir llegando al sitio donde aparentemente estaba su cadáver; sin embargo, cuando la Fiscalía realizó la exhumación del cuerpo, resultó no ser el de mi hija. Yo seguí buscando y fui hallando fosas con otros cuerpos que fueron devueltos a sus familiares. Las personas me llamaban y me decían que me había convertido en la única esperanza para encontrar a sus hijos. Eso me daba fortaleza para seguir en busca de mi hija y de más víctimas de la violencia.

El 18 de julio de 2008 encontré a mi hija pero la vida ya me había puesto otra prueba. El 4 de mayo de 2005 Jorge Aníbal, mi hijo menor, fue desaparecido y su cadáver hallado dos semanas después.

A los tres días, cuando salía de misa, me encontré con un corrillo de gente viendo a un muchacho tirado en el piso herido en una pierna que lloraba y gritaba palabras muy feas. Yo pasé, lo vi ahí y sin pensar nada más lo recogí y le dije que yo lo ayudaba si dejaba de decir esas palabras. Lo llevé a mi casa y llamé a una amiga que era enfermera para que lo curara. Cuando la enfermera llegó yo ya le había dado ropa de mi hijo; lo curamos, le dí el desayuno y lo acostamos.

Cuando se fue a levantar miró a la pared y vio las fotos de mi hijo y preguntó: “¿Qué hacen estas fotos acá? Ese fue el man que matamos antier”; y yo le respondí: “Es que esta es su alcoba, esta es su cama y yo soy su mamá”. Él entró en shock, quería que la tierra se lo tragara y empezó a contar las torturas a las que habían sometido a mi hijo. La enfermera reaccionó diciendo: “No Pastora, yo lo mato, yo lo mato”. En ese momento yo tenía una fe absoluta y le pedí a Papá Dios que no fueran mis oídos los que escucharan sino los de Él, que no fuera mi reacción sino que Él reaccionara en mí. Yo lo escuché en silencio y cuando terminó le di el teléfono para que llamara a su mamá.

Después de desmovilizarse, él participó en varios procesos del CARE. Si de pronto él u otros tenían dificultades económicas o de otra índole, decían: “Tenemos que decirle a doña Pastora, ella es la única que nos ayuda”.

Para mí el perdón es como un bálsamo sanador y lo comparto con el ofensor dando pasos de elefante, pequeños pero seguros, en ese gran camino por recorrer que es el de la reconciliación y la paz. Yo lo pongo de la siguiente manera: si yo tengo un vaso de veneno y empiezo a tomármelo por sorbos queriendo vengarme del que me hizo daño, ¿será que él se envenena o seré yo la que se está envenenando? A partir de eso se puede crear una sinergia para que la gente vaya entendiendo que no tiene por qué pensar en esos términos.

Algo que me ha ayudado en el proceso de perdonar es ser capaz de ponerme en los zapatos del otro y he perdonado gracias a que he adquirido una conciencia y he asumido mi responsabilidad individual: el que es culpable asumirá su responsabilidad de ser culpable, el que no,  simplemente es responsable a futuro y si soy responsable a futuro entenderé que no es más ojo por ojo, ni diente por diente, porque si es desde ahí que se apalanca, difícilmente se logre llegar a tener una sociedad diferente.

Parte del trabajo en el CARE es contar con tranquilidad lo que nos pasó asumiendo que no somos culpables, pero sí responsables de lo que suceda a futuro. El pueblo estuvo sumergido en el horror, pero tenemos la responsabilidad de salir adelante apalancándonos en la memoria.

Yo asumo el perdón como ese bálsamo que transforma las emociones de rabia y de venganza en cosas positivas. Por ejemplo, es bueno escribir en un papel: “Al menos por hoy no recordaré con rabia, al menos por hoy no me referiré con palabras grotescas al agresor”. Al menos por hoy hasta que se va volviendo una cultura, porque hay que ir replicándolo como una cesta de buenas semillas.

El conflicto me permitió pensarme como actora social y política. Queremos soñar la política desde el restablecimiento del derecho, porque tenemos derecho a vivir un posconflicto, un restablecimiento pleno de derecho con un conocimiento pleno de deberes. Ahora veo a San Carlos en un momento de recuperación hermoso, somos un territorio libre de sospechas de minas y fuimos acreedores al premio Nacional de Paz 2011. La cultura está muy activa y el pueblo ha recobrado toda su energía.

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